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Yoga y coaching: un viaje instrospectivo de liberación

Emiliano E. J. Crivellari

Muchos clientes y alumnos se sorprenden cuando se enteran que soy coach certificado y a la vez profesor de yoga, y más aun cuando se enteran que promuevo ambas disciplinas combinadas. Es que considero que ambas tienen un objetivo en común, esto es: el ser, el propio ser, pero no como un mero objeto de análisis objetivo e impersonal, si no, uno mismo. En reiteradas oportunidades me referí a que promuevo un yoga simple, presente en el aquí y ahora, uno que involucre toda mi humanidad y sólo eso (que no es poca cosa). Viéndolo así entonces, ese yo, en definitiva este yo, cuya existencia deseo transitar en un estado que me sea satisfactorio es exactamente igual en el yoga que en el coaching.

Por ejemplo, en el coaching ontológico se entiende a la persona como un ser constituido en tres dimensiones o dominios primarios: corporalidad, emocionalidad y lenguaje.

“Los seres humanos nos constituimos como tales en nuestra corporalidad, en nuestra emocionalidad, en nuestra capacidad de lenguaje. Tenemos cuerpo, emocionalidad y lenguaje y en el «tenerlos», como en las experiencias que ellos generan, estos tres dominios fenoménicos son irreductibles entre sí, independientemente de la posibilidad de reconstruirlos o de intervención indirecta. De allí que los llamemos dominios primarios…” (Ver nota al pie 1)

Prácticamente todo el sistema sobre el que se estructura el coaching y el secreto de su éxito es el resultado de las posibilidades que se generan a partir de identificar a la persona como un ser lingüístico, identificar sus emociones, y por supuesto identificar su corporalidad. En este último sentido, en poder percibir, en “escuchar” el cuerpo, aquel continente en el que vivimos constantemente y a través del cual somos y manifestamos nuestra existencia en el mundo, el yoga es una herramienta de utilidad maravillosa. Es que a través de sus técnicas el practicante, al hacer yoga puede percibirse a sí mismo, cada asana realizada con concentración y a conciencia, no como una simple imitación coreográfica, puede llevarlo a la percepción de una de sus dimensiones constitutivas e ineludibles, el ser físico, sea lo mismo que el mental o la otra mitad de este, su existencia es palpable, real, continua, no obstante pocas veces reparamos en ello concientemente, en sus limitaciones, en sus posibilidades, en sus funciones vitales como la respiración, el placer. Es que vivimos a través de nuestro cuerpo, no podría calcular en qué proporción somos nuestro cuerpo, sin embargo, por diferentes motivos avanzamos hacia una mera instrumentalización del mismo, como una herramienta para alcanzar otros fines, como un medio de pecado que impide otros fines trascendentales o como un camino para otros fines trascendentales, pero pocas veces exaltamos su existencia como un fin en sí mismo, maravilloso y perfecto.

Como dice Walt Whitman:

“He dicho que el alma no vale más que el cuerpo, Y he dicho que el cuerpo no vale más que el alma…”

(Ver nota al pie 2)

Pero, como he advertido en otras oportunidades, reducir el yoga únicamente a sus beneficios físicos es sólo una posibilidad, existen, afortunadamente, todo un mundo de otras aspiraciones en el yoga, interpretaciones que buscan obtener otros resultados, y así su relación con el coaching sigue siendo, para mí, evidente. Por ejemplo, la meditación, si bien existen diferentes acepciones y alcances diversos de su finalidad, yo me identifico con la que sostiene que el fin de la meditación es la tranquilidad de la mente, el cese de la hiperactividad generada por los estímulos externos que nos bombardean continuamente. Como dice aquella metáfora oriental sobre el reflejo en el lago agitado, hasta que el agua no se calma, la imagen no podrá verse con claridad. Siento que algo similar ocurre con nuestra conciencia en este mundo saturado de información, datos e imágenes (abordé el tema en mi artículo: “Épocas de Overclocking Mental”) la cuestión es que en ese estado de agitación vivir se torna ciertamente complicado, parecería que, quizás sin saberlo, tal tormenta de pensamientos afectan nuestras decisiones y nos llevan por caminos que, lejos de generarnos disfrute, nos llenan de sufrimiento, prejuicios, dolor, etc. La claridad que se busca, simbólicamente hablando, de poder vernos a nosotros mismos tal como somos, reencontrarnos sin el condicionamiento del bullicio exterior, para así saber qué nos define y orientar nuestros actos para que sean acordes a nuestro ser más profundo es una meta tanto del coaching como del Yoga. De allí lo del viaje introspectivo, con la asistencia, si es necesaria, del maestro, profesor o coach, poder orientar nuestra atención hacia las profundidades de nuestro ser, acercarnos a su esencia, permitirnos la fidelidad pacificadora de actuar conforme a su sentir, sin influencia externa que nos confunda o nos imponga. Por algo el coach no da consejos ni opiniones, sólo pregunta. La voz surge desde los rincones menos escuchados de nuestra personalidad, y allí es que el cambio se revela, mostrándonos una arista que no nos permitíamos ver, un cambio que nos trae nuevas posibilidades. El coach hace preguntas poderosas, al igual que el gurú, pero la respuesta transformadora surge de darnos el lugar para que esa pregunta sea respondida en un encuentro honesto con nuestro ser más profundo.

  • Echeverría Rafael. “Ontología Del Lenguaje”. Comunicaciones Noreste Ltda. Chile. 2005. Pag. 152
  • Whitman Walt. “Hojas de Hierba”. Colihue Clásica. Buenos Aires. pag. 170